Científicos canadienses y chilenos han identificado más de 1000 genes implicados en la respuesta del lino al estrés por nitrógeno. Este descubrimiento podría ayudar a los mejoradores a crear cultivos que requieran menos fertilizante y que resulten más económicos para los agricultores.
El próximo gran avance en la agricultura podría estar oculto bajo tierra.
En el Centro de Investigación y Desarrollo de Charlottetown de Agricultura y Agroalimentación de Canadá, los científicos han estado estudiando qué sucede con las plantas de lino cuando uno de sus nutrientes más importantes escasea. Su descubrimiento: algunas variedades no solo toleran la falta de nitrógeno, sino que modifican su forma de crecimiento.
Sus raíces se expanden. Sus brotes continúan desarrollándose. Y en lo profundo de la planta, cientos de genes modifican su actividad. Ahora, los investigadores creen que estas diferencias genéticas podrían servir de guía para el desarrollo de variedades de lino que prosperen con menos fertilizante nitrogenado, un avance potencialmente significativo para los agricultores que se enfrentan al aumento de los costos de producción y a un sector agrícola presionado para reducir su impacto ambiental.
La investigación, liderada por el Dr. Bourlaye Fofana, científico de Agriculture and Agri-Food Canada, y el Dr. Braulio Soto-Cerda de la Universidad Católica de Temuco de Chile, identificó más de 1.000 genes que responden cuando las plantas de lino experimentan estrés por falta de nitrógeno.
La mayor oportunidad reside en descubrir cuáles de esos genes contribuyen a que una planta sea más eficiente.
Por qué es importante la eficiencia de los fertilizantes
El lino —también llamado linaza o semilla de lino— es un cultivo relativamente pequeño con una gran reputación. Sus semillas, marrones o doradas, son ricas en ácidos grasos omega-3, fibra y lignanos, y Canadá se encuentra entre los principales productores de lino del mundo.
Pero, al igual que muchos otros cultivos, el lino necesita nitrógeno para alcanzar su máximo potencial.
Los agricultores suelen aportar ese nitrógeno mediante fertilizantes. El problema es que los fertilizantes representan un coste significativo, y las plantas no siempre absorben todo el nitrógeno aplicado al campo.
El nitrógeno que no es utilizado por los cultivos puede llegar a los cursos de agua a través de la escorrentía o liberarse a la atmósfera en forma de gases de efecto invernadero.
Esto ha generado una pregunta engañosamente simple para los científicos de plantas: ¿Qué pasaría si los cultivos pudieran producir más con menos?
Una posible respuesta podría estar en sus raíces.
Una planta que sabe cómo buscar
Fofana mantiene una colección de germoplasma de lino en Charlottetown: una biblioteca genética que contiene materiales como semillas, tejidos vegetales y ADN.
Los investigadores seleccionaron dos tipos contrastantes de plántulas de lino de esa diversidad genética. Una era naturalmente eficiente en el crecimiento cuando el nitrógeno era escaso. La otra tenía dificultades en las mismas condiciones.
Posteriormente, cultivaron las plantas tanto en condiciones normales como en condiciones de deficiencia de nitrógeno.
La diferencia era asombrosa.
Las plantas que utilizaban nitrógeno de forma eficiente mantenían una mayor biomasa de raíces y tallos. Lo más interesante es que, cuando el nitrógeno escaseaba, expandían sus sistemas radiculares.
En efecto, las plantas parecían estar mejor equipadas para buscar lo que necesitaban.
“El sistema radicular es como el sistema nervioso de la planta”, explica Fofana. “Los cultivos que desarrollan raíces más extensas y flexibles pueden encontrar y utilizar más nitrógeno disponible en el suelo”.
Para los mejoradores, esa adaptabilidad resulta especialmente interesante. Una planta capaz de desarrollar raíces más profundas o extensas cuando los nutrientes escasean podría extraer más nitrógeno del suelo en lugar de depender tanto de fertilizantes adicionales.
“Si se pueden encontrar los genes que favorecen mejores sistemas radiculares, capaces de penetrar más profundamente en el suelo cuando hay menos nitrógeno disponible, eso resulta muy útil para los mejoradores”, afirma Fofana.
Los investigadores identificaron una proteína que ayuda a las plantas de tomate a responder a la sombra, regular la fotosíntesis y mantener la producción de frutos en condiciones de cultivo de alta densidad.
Los investigadores han identificado un gen que podría ayudar a los mejoradores a desarrollar variedades de tomate que utilicen la luz de forma más eficiente y produzcan mayores rendimientos.
Científicos del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina descubrieron que las plantas de tomate utilizan la proteína SlBBX20 como un interruptor biológico para detectar la sombra de las plantas vecinas y ajustar su crecimiento.
El descubrimiento, publicado en la revista Plant Physiology and Biochemistry, podría ser especialmente relevante en la producción de tomate de alta densidad, donde las plantas compiten por la luz solar necesaria para la fotosíntesis.
“Los resultados de este trabajo demuestran que esta proteína es esencial para que la planta optimice la captación de luz para realizar la fotosíntesis y ajuste su rendimiento en respuesta a la sombra”, afirma Javier Botto, líder del estudio e investigador del CONICET en el Instituto de Investigación Fisiológica y Ecológica Vinculada a la Agricultura (IFEVA, CONICET-UBA).
Objetivo potencial para el mejoramiento genético del tomate
Los investigadores descubrieron que el gen SlBBX20 influye en la altura de la planta, la actividad hormonal, la fotosíntesis y, en última instancia, en el rendimiento del tomate. Esto convierte a este gen en un objetivo potencial para el desarrollo de variedades comerciales más eficientes y productivas, según un comunicado de prensa.
“Este estudio nos permitió identificar un gen que regula el crecimiento al afectar sus hormonas y la fotosíntesis, y, en consecuencia, altera el rendimiento de las plantas de tomate. Estos resultados abren la posibilidad de utilizar este gen como objetivo molecular para desarrollar variedades comerciales de tomate (y otros cultivos) más eficientes y de alto rendimiento”, afirma Botto, quien dirige el laboratorio de Plasticidad del Desarrollo Vegetal en IFEVA y es doctor en Ciencias Biológicas.
Las proteínas ayudan a las plantas a responder a la sombra.
El gen SlBBX20 contiene las instrucciones para producir la proteína del mismo nombre. Los investigadores descubrieron que las plantas de tomate que carecían de esta proteína eran prácticamente incapaces de aumentar su altura cuando estaban a la sombra de las plantas vecinas.
“Nuestro trabajo demostró que aquellas plantas que carecen de esta proteína pierden casi por completo su capacidad de crecer en respuesta a la sombra”, afirma Mariano Mejía, primer autor del estudio, ingeniero agrónomo y becario doctoral del CONICET.
La pérdida de esta proteína también afectó a los estomas de las plantas, los poros por donde entra el dióxido de carbono y sale el vapor de agua. Las plantas sin SlBBX20 desarrollaron menos estomas y los abrieron con menos frecuencia, lo que redujo la fotosíntesis y la producción de frutos.
“Además, al no poder regular adecuadamente sus procesos biológicos en respuesta a la luz, las plantas que carecen de esta proteína realizan menos fotosíntesis, porque tienen y abren menos sus estomas, por donde entra el dióxido de carbono (CO2) a la planta y sale el vapor de agua del ambiente y, como consecuencia directa, producen menos frutos”, afirma Mejía.
Cómo favorecer la fotosíntesis en condiciones de mucha luz
Los investigadores también descubrieron que SlBBX20 promueve la expresión de genes involucrados en la producción de antocianinas, los pigmentos responsables de los colores violeta y azulado en las hojas, tallos y frutos de las plantas. Estos pigmentos ayudan a proteger a las plantas contra el daño causado por la luz intensa.
La proteína SlBBX20 “mejora la expresión de los genes de biosíntesis de pigmentos conocidos como antocianinas, que dan tonalidades violetas/azuladas a las hojas, tallos y frutos. Estos pigmentos naturales actúan como ‘protector solar’ y antioxidantes para la planta, reduciendo los efectos inhibidores de la alta intensidad lumínica sobre la fotosíntesis”, afirma Gabriel Gómez Ocampo, también primer autor del estudio, doctor en Ciencias Agrícolas e investigador postdoctoral del CONICET.
“Esto es beneficioso porque permite que la planta capte más luz y sintetice más carbohidratos esenciales para su crecimiento, lo que resulta en una mayor producción de tomates en ambientes abiertos y luminosos”, afirma.
Las plantas modificadas genéticamente produjeron menos tomates.
Para determinar la función de SlBBX20, los investigadores compararon plantas de tomate silvestres con plantas modificadas genéticamente en las que se había bloqueado la expresión del gen.
Ambos grupos se cultivaron bajo diversas condiciones de luz. Los investigadores simularon la sombra utilizando luces y filtros especializados, y crearon sombra natural aumentando la densidad de plantas en cámaras de cultivo y un invernadero.
“Al estudiar las plantas modificadas genéticamente, a las que se les bloqueó la expresión del gen SlBBX20, observamos que perdieron por completo la capacidad de crecer en respuesta a la sombra. Estas plantas desarrollaron menos estomas y sufrieron una drástica disminución en sus niveles de auxinas, hormonas clave para el crecimiento, junto con una menor producción de pigmentos fotoprotectores, lo que resultó en una menor fotosíntesis y, finalmente, en una pérdida en la cantidad y el peso de los tomates producidos”, explica Botto.
Los resultados sugieren que SlBBX20 podría proporcionar a los mejoradores un objetivo molecular para mejorar la forma en que las plantas de tomate captan la luz y asignan los carbohidratos a la producción de frutos.
“El descubrimiento de la función de este gen permitiría el desarrollo de cultivos de tomate que maximicen el uso de carbohidratos fotosintéticos para producir más frutos”, concluye Botto.
En el estudio también participaron investigadores del IFEVA, la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires, el Instituto de Botánica Experimental de la Universidad Palacký en la República Checa y el Instituto de Biociencias de la Universidad de São Paulo en Brasil.
El país aprovecha su diversidad climática y capital humano para acelerar el desarrollo de nuevas variedades, incorporando herramientas biotecnológicas que permiten reducir tiempos y costos de investigación. La innovación apunta además a obtener cultivos más resistentes a condiciones adversas y con menores requerimientos de agua e insumos.
Geografía, diversidad climática y capital humano y tecnológico han transformado a Chile en un actor estratégico para el desarrollo acelerado de variedades vegetales. Esta combinación única atrae a entidades públicas y privadas globales interesadas en optimizar sus procesos de fitomejoramiento. Hoy, la tendencia se inclina hacia la biotecnología como herramienta clave para obtener cultivos adaptados a condiciones climáticas adversas y disminuir costos. En este marco, el país se consolida como un centro de innovación científica capaz de proveer semillas de calidad para mercados internacionales, respondiendo a la necesidad de una agricultura más sustentable y de alto rendimiento.
VENTAJA CLIMÁTICA: EL MOTOR DE ACELERACIÓN AGRÍCOLA NACIONAL
Chile cuenta con condiciones naturales privilegiadas que permiten agilizar la investigación de nuevas plantas, con y sin biotecnología. Esta diversidad convoca a actores globales interesados en acelerar sus procesos de mejoramiento. Un ejemplo representativo ocurre en Arica, donde el clima permite obtener entre tres y cuatro cosechas de maíz por año calendario: lo que en la zona central tardaría cuatro años, allí se logra en uno. Cualquier entidad fitomejoradora de maíz acude a Arica para optimizar sus tiempos. Esta ventaja se extiende a lo largo de Chile: el sur destaca por la canola, la zona central por la soya y se registra una vasta producción de semillas de hortalizas. La actividad apunta a producir semillas de alta calidad para abastecer al mundo y acelerar la investigación científica para desarrollar nuevas variedades.
SUSTENTABILIDAD Y MENOR USO DE INSUMOS EN EL CAMPO
Frente a la competencia internacional, el agro chileno busca mejorar la rentabilidad y productividad. Según Sánchez, este desafío se aborda desde las técnicas de cultivo y el desarrollo de variedades adaptadas. En este último punto, la biotecnología permite obtener plantas resistentes a sequías, frío o calor. Estas variedades demandan menos insumos, requiriendo menor volumen de agua, fertilizantes y productos fitosanitarios. Asimismo, prolongan la vida postcosecha, reduciendo las pérdidas fuera del campo. Aunque no es la solución definitiva para cada problema, la biotecnología contribuye de manera significativa a elevar el rendimiento y a promover una actividad que beneficia al medio ambiente, a los agricultores y a la sociedad, impulsando la sostenibilidad.
Foto de contexto. Diario La Tribuna
CALIDAD DE EXPORTACIÓN Y LA BÚSQUEDA DE LA CEREZA SIN CUESCO
Asegurar la calidad agrícola es un reto clave para los exportadores chilenos, quienes deben responder a altos estándares en el extranjero. La biotecnología acelera procesos para imitar cambios de la naturaleza, pero de forma dirigida mediante el conocimiento en genética y proteínas. Chile es un fuerte exportador de frutas, y la biotecnología ayuda a adaptar características como sabor, color, aroma y vida postcosecha. Un ejemplo es el sector de las cerezas: ante un mercado que demanda frutas sin cuesco, la biotecnología ayuda a obtener estas variedades en plazos más acotados. Aunque esta modificación no incida directamente en la productividad del predio, genera una notable ventaja comercial al abrir y fidelizar mercados internacionales exigentes.
IMPACTO EN LA ECONOMÍA LOCAL: 30 MIL EMPLEOS E INVERSIÓN
El impacto socioeconómico de la industria de semillas biotecnológicas es profundo. Esta actividad genera cerca de 30.000 empleos directos e indirectos, asociando a agricultores, científicos y a toda la cadena de investigación y desarrollo. Las semillas se posicionan habitualmente como el tercer rubro de exportación agropecuaria de Chile, detrás de la fruta fresca y el vino. Si bien las semillas biotecnológicas llegaron a representar hasta el 55% de los envíos de semillas del país, hoy constituyen alrededor del 25% del total debido al fuerte crecimiento de las semillas convencionales. Pese a este cambio, siguen teniendo un peso económico muy relevante, respaldado por una inversión anual en alza destinada a infraestructura de investigación y desarrollo de nuevas plantas en Chile.
TENDENCIAS GLOBALES EN EDICIÓN GENÉTICA Y REGULACIÓN
A nivel mundial, la tendencia se orienta a usar la biotecnología para resolver problemas de producción y calidad alimentaria. En materia de edición genética, incluso la Unión Europea se ha sumado a esta corriente. Países como China, Estados Unidos, Canadá y Australia cuentan con enfoques regulatorios favorables. En Sudamérica, la postura ante la edición genética es casi unánime: a excepción de Bolivia y Venezuela, todos los países cuentan con marcos que facilitan el uso de esta tecnología. Esto obedece a un consenso internacional de que estas herramientas científicas representan una contribución fundamental para enfrentar los actuales desafíos agrícolas y avanzar hacia la sustentabilidad alimentaria.
“Hoy día la biotecnología está permitiendo reducir los costos, reducir los tiempos y ahí nuestro país ha aprovechado esas ventajas, se ha ido posicionando como este hub biotecnológico de semillas… Vienen de todas partes del mundo a requerir las actividades que nuestro país desarrolla.”
Miguel Ángel Sánchez, director ejecutivo de ChileBIO
El director ejecutivo de ANPROS, Mario Schindler, y el gerente ejecutivo, Basilio Rojas, participaron en la audiencia sostenida por Pensar Agro Chile con el subsecretario de Agricultura, Francesco Venezian, el pasado 10 de agosto. La reunión permitió revisar distintas materias de interés para los gremios que forman parte de esta organización y avanzar en una agenda de trabajo con el Ministerio de Agricultura.
Uno de los principales temas abordados fue la protección del patrimonio fito y zoosanitario del país. En este ámbito, se revisaron las acciones desarrolladas para enfrentar la mosca de la fruta, el fortalecimiento de los controles fronterizos y la renovación del convenio sanitario con Perú. También se planteó avanzar en una instancia de coordinación público-privada junto al SAG, que permita reforzar el monitoreo, las alertas tempranas y el intercambio de información.
En materia de semillas e innovación, Pensar Agro reiteró la importancia de avanzar en propiedad intelectual vegetal, biotecnología y nuevas técnicas de mejoramiento. Asimismo, se conversó sobre la regulación de la semilla corriente y la necesidad de comunicar adecuadamente aspectos fundamentales como la germinación, la pureza y la trazabilidad.
La reunión también incluyó temas relacionados con la competitividad, el acceso a mercados y la inocuidad alimentaria. El subsecretario manifestó su disposición a mantener instancias específicas de trabajo y seguimiento, además de fortalecer la coordinación con Pensar Agro frente a iniciativas regulatorias y legislativas que puedan tener efectos sobre el sector silvoagropecuario.
El Presidente Kast activó decreto preventivo en regiones de Arica y Coquimbo para agilizar respuesta ante posibles afectaciones a infraestructura e industria del territorio.
El Presidente de la República, José Antonio Kast, anunció la activación de un decreto de emergencia preventiva que regirá entre las regiones de Arica y Parinacota, Tarapacá, Atacama y Coquimbo, tras liderar una reunión del Comité de Emergencia Climática en La Moneda.
La medida, vigente hasta el 16 de agosto, permitirá agilizar procedimientos administrativos y movilizar recursos para atender afectaciones a infraestructura crítica, considerando que las regiones del norte albergan operaciones mineras, energéticas y de transporte estratégicas para la economía nacional.
El anuncio contó con la presencia del ministro del Interior, Claudio Alvarado; la ministra de Medio Ambiente, Francisca Toledo; el ministro de Agricultura, Jaime Campos; la ministra de Salud, May Chomali; el subsecretario del Interior, Máximo Pavez, y la directora nacional de Senapred, Alicia Cebrián.
Coordinación regional y respuesta operativa
Kast detalló que “se han activado todas las delegaciones regionales y provinciales, en coordinación con las distintas gobernaciones y alcaldes de las regiones de Arica y Parinacota, Tarapacá, nuevamente Atacama y Coquimbo”. El mandatario indicó que se han mantenido estados de excepción en las regiones de Atacama y Coquimbo, mientras que se han activado decretos de emergencia complementarios en otras circunscripciones.
El Presidente enfatizó la importancia de la coordinación con entes regionales y, de ser necesario, con las Fuerzas Armadas para fortalecer la capacidad de respuesta territorial.
Agilización de procedimientos administrativos
El ministro Alvarado destacó que el decreto permite agilizar los tiempos de respuesta ante afectaciones a personas e infraestructura. “Los tiempos de respuesta son importantes y es necesario tener una reacción pronta y oportuna”, señaló el titular del Interior, explicando que la medida facilita la movilización de recursos necesarios para la primera fase de la emergencia.
Esta agilización resulta crítica para sectores como minería, energía y transporte, donde la continuidad operativa es fundamental para la cadena de suministro nacional e internacional.
Llamado a institucionalidad y autocuidado
El Presidente Kast hizo un llamado explícito al autocuidado ciudadano y a la coordinación con autoridades oficiales. “La institucionalidad en estas situaciones es fundamental para que los canales oficiales de comunicación sean aquellos que den las distintas notificaciones”, subrayó el mandatario, pidiendo a la población atender a los comunicados de las autoridades competentes.
La medida preventiva responde a patrones climáticos que históricamente han afectado infraestructura territorial en el norte chileno, región que concentra operaciones mineras de cobre, litio y oro, así como plantas energéticas y sistemas de transporte críticos para la competitividad industrial del país.
El último informe de la DGA confirma un importante repunte hídrico a nivel nacional, alcanzando los 6.159 millones de m³ acumulados. El reporte destaca tres embalses al 100% en la Región de Coquimbo y un superávit promedio de nieve del 71% en la zona central.
El panorama hídrico nacional muestra signos de recuperación al inicio del mes de agosto de 2026. De acuerdo con el más reciente Boletín Hidrometeorológico de la Dirección General de Aguas (DGA) del Ministerio de Obras Públicas, las reservas de agua acumuladas en los principales embalses del país alcanzaron los 6.159 millones de metros cúbicos (m³), lo que representa un incremento del 17,45% en comparación con los 5.244 millones de m³ registrados a fines de agosto de 2025.
Este importante repunte en la acumulación de agua otorga un mayor resguardo y previsibilidad hídrica tanto para el consumo humano como para las actividades productivas y de riego en las distintas regiones.
Recuperación histórica en la Región de Coquimbo
La Macrozona Norte, golpeada durante años por una severa sequía, lidera las cifras más positivas del reporte. En la Región de Coquimbo, tres de los ocho embalses monitoreados alcanzaron el 100% de su capacidad operativa y se encuentran actualmente vertiendo excedentes:
Recoleta (cuenca del río Limarí): 100,0 Mill m³ (100%).
Culimo (cuenca del río Quilimarí): 9,2 Mill m³ (100%).
Corrales (cuenca del río Choapa): 50,0 Mill m³ (100%).
A estos indicadores se suma el embalse Cogotí, que llegó a un 98% de su capacidad (134,2 Mill m³), y La Paloma, la megaobra hídrica de la zona, que logró recuperar 225,7 Mill m³ (30% de su capacidad), superando con holgura los 73,8 Mill m³ que registraba en el mismo periodo del año pasado.
Resguardo para el riego agrícola y abastecimiento urbano
A nivel nacional, la red de 25 embalses monitoreados por la DGA —cuya distribución abarca riego (64%), generación hidroeléctrica (16%), agua potable (12%) y uso mixto (8%)— muestra una condición de almacenamiento favorable para la temporada de mayor demanda estival:
Agua potable urbana: El embalse Los Aromos (Región de Valparaíso) se sitúa al 88% de su capacidad con 30,7 Mill m³, garantizando el abastecimiento de la zona costera. En la Región Metropolitana, El Yeso registra 144,6 Mill m³ (66% de capacidad).
Riego y generación: En O’Higgins, Rapel alcanza un 90% (626,4 Mill m³); en la Región del Maule, Colbún se ubica en 81% (1.244,0 Mill m³); mientras que en Biobío, Ralco llega al 92% (1.077,0 Mill m³) y Pangue al 99%.
Mayor volumen nacional: El Lago Laja se consolida como el embalse con mayor volumen absoluto acumulado en Chile, totalizando 1.119,8 millones de m³.
La única situación crítica aislada se registra en el embalse Peñuelas (Región de Valparaíso), que se mantiene como la única obra con niveles inferiores al 20%, marcando un 17% de su capacidad.
Lluvias de invierno y superávit del manto nival
La recarga de los embalses encuentra su explicación en el comportamiento de las precipitaciones invernales. El informe técnico señala que 42 de las 76 estaciones monitoreadas en Chile presentan superávit en comparación con el promedio histórico del periodo 1991-2020. En la Macrozona Norte, 17 de las 21 estaciones acumulan más agua caída este 2026 que a la misma fecha en 2025.
A este escenario se añade un significativo superávit en la acumulación de nieve, con un promedio del 71% de mayor altura del manto nival entre Coquimbo y el Biobío. En puntos estratégicos de medición de alta cordillera se registraron aumentos excepcionales frente a la media histórica, destacando estaciones como Cerro Olivares (+454%) y Quebrada Larga (+245%).
Las cifras acumuladas al cierre del invierno 2026 representan una importante holgura hídrica para el desarrollo de la próxima temporada agrícola y frutícola en los valles del centro y norte del país. La combinación de embalses en niveles óptimos de llenado y una sólida reserva de nieve cordillerana permitirá encarar con mayor seguridad la fase de deshielos durante la primavera y el verano.
Chile transita un punto de inflexión en su industria de semillas, el país que durante tres décadas se consolidó como proveedor confiable de multiplicación en contraestación ahora apunta a otro objetivo: transformarse en un polo de investigación, desarrollo genético e innovación biotecnológica para el hemisferio sur.
La Asociación Nacional de Productores de Semillas (ANPROS) lidera esta agenda, apoyada en activos que el sector construyó con el tiempo: diversidad agroclimática, sanidad vegetal rigurosa, trazabilidad certificada y una posición geográfica que permite producir cuando el hemisferio norte está en invierno.
El gremio exporta anualmente más de 400 millones de dólares y se mantiene entre los diez principales países exportadores de semillas del mundo, ocupando el cuarto lugar global en hortalizas y el primero en el hemisferio sur. Los envíos llegan a más de 50 países, con Norteamérica concentrando un 40% del destino, la Unión Europea cerca de un 30% y Asia escalando de un 8% a casi un 20% en los últimos años.
El segmento biotecnológico ilustra mejor esta transición hacia mayor valor agregado. En las últimas dos décadas, Chile ha exportado más de US$2.300 millones en semillas biotecnológicas, utilizadas para sembrar más de 50 millones de hectáreas en todo el mundo, una superficie que equivale a decenas de veces la siembra anual del país.
Prácticamente todos los eventos transgénicos de maíz, soya y canola que se comercializan globalmente han pasado por campos chilenos para investigación o multiplicación. El promedio anual de exportaciones físicas en este segmento asciende a US$120 millones, mientras que los servicios de I+D asociados alcanzan US$23 millones anuales, con una inversión acumulada del sector que supera los US$150 millones en tres décadas y genera más de 30.000 empleos.
El contexto de mercado favorece esta apuesta. El mercado mundial de alimentos modificados genéticamente proyecta alcanzar los US$123.400 millones en 2025 y duplicarse hacia 2035, mientras que el mercado de cultivos con edición génica —tecnología que no incorpora ADN externo— podría llegar a US$41.000 millones en 2029. Actualmente, unas 20 empresas, 15 de ellas chilenas, producen semillas transgénicas en el país, gran parte bajo contratos con agricultores locales.
Para Mario Schindler, director ejecutivo de ANPROS, la combinación de calidad y confiabilidad es lo que distingue a Chile frente a competidores emergentes en Sudáfrica, Argentina o Nueva Zelanda. El desafío, sin embargo, no es solo agronómico. La industria plantea actualizar el marco regulatorio de organismos genéticamente modificados —vigente desde 2001— y crear un instrumento jurídico específico para variedades editadas genéticamente, junto con reglas más claras de propiedad intelectual que den certeza a las compañías multinacionales que evalúan dónde localizar sus programas de mejoramiento.
La incorporación de agricultura de precisión, análisis de datos e inteligencia artificial a los programas de fitomejoramiento también empieza a acelerar los tiempos de desarrollo varietal, un factor crítico en un negocio donde cada nueva variedad tarda años en llegar a mercado. En paralelo, la participación activa de ANPROS y sus empresas socias en foros internacionales de la industria refuerza el posicionamiento del país ante delegaciones de decenas de naciones que compiten por los mismos flujos de inversión.
Si Chile logra sostener esta estrategia regulatoria y científica, el salto sería doble: consolidar su liderazgo exportador tradicional y, al mismo tiempo, ganar terreno como generador de conocimiento genético propio, dejando atrás su rol histórico de simple multiplicador para convertirse en protagonista del mejoramiento vegetal que la agricultura global necesitará frente al cambio climático.
Investigadores del CONICET están desarrollando sistemas de fertilizantes de liberación controlada diseñados para reducir las pérdidas de nutrientes, mejorar la absorción por los cultivos y apoyar una producción más sostenible.
Los investigadores del CONICET, Gonzalo Berhongaray, del Instituto de Ciencias Agropecuarias de la Costa (ICIAGRO, CONICET-UNL), y Gustavo Mendow, del Instituto de Investigación en Catálisis y Petroquímica (INCAPE, CONICET-UNL), colaboran en un proyecto que busca optimizar el uso de fertilizantes en la agricultura.
Su enfoque se centra en el desarrollo de nanocápsulas capaces de contener los nutrientes que los cultivos necesitan y liberarlos gradualmente, según un comunicado de prensa.
Esta colaboración aúna dos áreas de especialización distintas. Berhongaray se especializa en manejo de suelos, fertilidad y procesos biogeoquímicos vinculados a la producción agrícola, mientras que Mendow cuenta con amplia experiencia en nanotecnología y en el desarrollo de sistemas de encapsulación y liberación controlada.
Hace algunos años, partieron de la hipótesis de que “fertilizar mejor no significa necesariamente fertilizar más”. Los investigadores observaron que una parte significativa del fertilizante aplicado no era aprovechada por los cultivos, mientras que las pérdidas en el suelo y los costos de fertilización seguían aumentando.
Para la agricultura argentina, la pregunta era tanto técnica como estratégica: ¿cómo mejorar la eficiencia en el uso de nutrientes y, al mismo tiempo, reducir las pérdidas al medio ambiente?
Un enfoque de liberación controlada
La idea inicial era desarrollar sistemas nanoestructurados capaces de proteger los nutrientes, modular su liberación y mejorar su interacción con las plantas y el suelo.
“Una de las plataformas más innovadoras en este campo es el uso de nanocápsulas de fertilizante mineral cargadas con urea. A diferencia de otros sistemas de encapsulación donde la matriz actúa solo como vehículo de transporte, en este caso la nanocápsula misma constituye una fuente nutricional para la planta. La estructura mineral proporciona nutrientes gradualmente, mientras que la urea incorporada en su interior proporciona nitrógeno de forma controlada. Como resultado, se obtiene un sistema multifuncional capaz de suministrar simultáneamente tres nutrientes esenciales para el crecimiento de las plantas a partir de una sola formulación”, explica Mendow.
Según Mendow, la gran superficie específica y las propiedades fisicoquímicas de las nanocápsulas les permiten adsorber y retener nutrientes de manera eficiente, ralentizando su liberación en comparación con los fertilizantes tradicionales.
“La gran superficie específica y las propiedades fisicoquímicas de estas nanocápsulas les permiten adsorber y retener nutrientes de manera eficiente, reduciendo la velocidad de liberación en comparación con los fertilizantes tradicionales. Esto favorece una mayor permanencia de los nutrientes en la zona radicular y reduce significativamente las pérdidas por volatilización de amoníaco, lixiviación de nitratos y fijación en el suelo. La liberación gradual de nitrógeno también permite una mejor sincronización entre la disponibilidad del nutriente y la demanda del cultivo, aumentando la eficiencia del uso del nitrógeno y mejorando la rentabilidad de la fertilización,” aclara el investigador.
Los ensayos de campo llevan el trabajo más allá del laboratorio
El proyecto comenzó con el diseño de la formulación, la síntesis del material, la validación fisicoquímica y las pruebas en condiciones reales de producción.
Desde el principio, los investigadores se propusieron que el trabajo no se limitara al laboratorio. Gran parte del proyecto se ha centrado en la validación en campo de cultivos como maíz, trigo, soja y cultivos intensivos, así como en diferentes estrategias de fertilización.
Los ensayos exploraron varias preguntas clave para los cultivos: ¿se pueden reducir las dosis de fertilizante manteniendo el rendimiento? ¿Mejora la absorción de nutrientes? ¿El fertilizante se comporta de manera diferente en el suelo? ¿Qué impacto tiene en la calidad del cultivo? ¿Y cuál es el efecto económico para el productor?
A medida que surgieron los primeros resultados, el proyecto comenzó a consolidarse.
Un hito importante fue el desarrollo de tecnologías propias y la solicitud de la patente “Composición de fertilizante y su proceso de obtención”, vinculada a formulaciones nanoestructuradas para uso agrícola. El trabajo requirió la integración de conocimientos especializados en nanotecnología, química de materiales, fisiología vegetal, fertilidad del suelo, microbiología y validación agronómica a escala real.
Una plataforma con potencial de transferencia
Con el tiempo, el proyecto pasó de ser una línea de investigación experimental a una plataforma tecnológica con potencial de transferencia.
Los estudios y ensayos se desarrollaron en Santa Fe, conectando al CONICET con universidades, empresas y productores. Investigadores, becarios, estudiantes, técnicos y empresas de diferentes disciplinas contribuyeron con sus aportaciones.
Según Mendow, la gran superficie específica y las propiedades fisicoquímicas de las nanocápsulas les permiten adsorber y retener nutrientes de manera eficiente, ralentizando su liberación en comparación con los fertilizantes tradicionales.
“La gran superficie específica y las propiedades fisicoquímicas de estas nanocápsulas les permiten adsorber y retener nutrientes de manera eficiente, reduciendo la velocidad de liberación en comparación con los fertilizantes tradicionales. Esto favorece una mayor permanencia de los nutrientes en la zona radicular y reduce significativamente las pérdidas por volatilización de amoníaco, lixiviación de nitratos y fijación en el suelo. La liberación gradual de nitrógeno también permite una mejor sincronización entre la disponibilidad del nutriente y la demanda del cultivo, aumentando la eficiencia del uso del nitrógeno y mejorando la rentabilidad de la fertilización,” aclara el investigador.
Los ensayos de campo llevan el trabajo más allá del laboratorio
El proyecto comenzó con el diseño de la formulación, la síntesis del material, la validación fisicoquímica y las pruebas en condiciones reales de producción.
Desde el principio, los investigadores se propusieron que el trabajo no se limitara al laboratorio. Gran parte del proyecto se ha centrado en la validación en campos de cultivos como maíz, trigo, soja y cultivos intensivos, así como en diferentes estrategias de fertilización.
Los ensayos exploranon varias preguntas clave para los cultivos: ¿se pueden reducir las dosis de fertilizante manteniendo el rendimiento? ¿Mejora la absorción de nutrientes? ¿El fertilizante se comporta de manera diferente en el suelo? ¿Qué impacto tiene en la calidad del cultivo? ¿Y cuál es el efecto económico para el productor?
A medida que surgieron los primeros resultados, el proyecto comenzó a consolidarse.
Un hito importante fue el desarrollo de tecnologías propias y la solicitud de la patente “Composición de fertilizante y su proceso de obtención”, vinculada a formulaciones nanoestructuradas para uso agrícola. El trabajo requirió la integración de conocimientos especializados en nanotecnología, química de materiales, fisiología vegetal, fertilidad del suelo, microbiología y validación agronómica a escala real.
Una plataforma con potencial de transferencia
Con el tiempo, el proyecto pasó de ser una línea de investigación experimental a una plataforma tecnológica con potencial de transferencia.
Los estudios y ensayos se desarrollaron en Santa Fe, conectando al CONICET con universidades, empresas y productores. Investigadores, becarios, estudiantes, técnicos y empresas de diferentes disciplinas contribuyeron con sus aportaciones.
Chile quiere dar un salto estratégico en la industria semillera. Más allá de su reconocido papel como productor y exportador de semillas para mercados internacionales, el país apunta a consolidarse como un centro global de investigación, desarrollo e innovación genética, con el objetivo de atraer nuevas inversiones, impulsar el fitomejoramiento y fortalecer la competitividad de su agricultura frente a los desafíos del cambio climático.
La propuesta, impulsada por la Asociación Nacional de Productores de Semillas de Chile (ANPROS), plantea aprovechar las ventajas competitivas que el país ha construido durante décadas para avanzar hacia una industria de mayor valor agregado. Entre ellas sobresalen la producción en contraestación, la diversidad de condiciones agroclimáticas, la sanidad vegetal, la experiencia técnica de productores y empresas, y una sólida reputación internacional en calidad y trazabilidad.
El sector considera que esas fortalezas ofrecen una plataforma ideal para atraer proyectos de investigación, desarrollar nuevas variedades vegetales y ampliar la participación chilena en una actividad que hoy ocupa un lugar central dentro de la seguridad alimentaria mundial.
La creciente demanda de cultivos capaces de producir más con menos recursos también impulsa esta estrategia. Los desafíos vinculados a la escasez de agua, el aumento de las temperaturas, la degradación de los suelos y la aparición de nuevas plagas obligan a acelerar el desarrollo de materiales genéticos más eficientes y resilientes.
El fitomejoramiento frente al cambio climático
El desarrollo de nuevas variedades se ha convertido en una de las principales herramientas para responder a los cambios que enfrenta la agricultura. A través del fitomejoramiento, es posible obtener plantas con mayor tolerancia a la sequía, mejor eficiencia en el uso del agua, resistencia a enfermedades y plagas, además de un mayor potencial productivo y comercial.
En cultivos frutales, la innovación genética también permite desarrollar variedades con mejor conservación poscosecha, mayor calidad y mejores condiciones para soportar largos trayectos hacia mercados internacionales, un aspecto clave para un país fuertemente orientado a la exportación.
Chile ya participa en programas internacionales de multiplicación de semillas y producción en contraestación para compañías de distintos países. Sin embargo, desde ANPROS consideran que el siguiente paso consiste en atraer un mayor volumen de investigación científica, ampliar el desarrollo de genética local y fortalecer la colaboración entre empresas, universidades, centros tecnológicos y organismos públicos.
Para el director ejecutivo de ANPROS, Mario Schindler, la reputación que Chile construyó durante décadas constituye un activo estratégico, aunque advierte que mantener esa posición exigirá adaptarse al ritmo de las nuevas tecnologías y a una competencia internacional cada vez más intensa.
La regulación será clave para atraer inversiones
El avance de la genética vegetal no depende únicamente del conocimiento científico. También requiere un entorno regulatorio capaz de acompañar la velocidad con la que evolucionan las nuevas tecnologías aplicadas al agro.
Desde la industria sostienen que la protección de la propiedad intelectual, reglas claras para la investigación y mayor certeza jurídica serán factores decisivos para atraer inversiones en innovación y evitar que proyectos de alto valor tecnológico se desarrollen en otros países.
A ello se suma la incorporación de herramientas como la agricultura de precisión, la inteligencia artificial, el análisis de datos y las nuevas técnicas de mejoramiento vegetal, tecnologías que están transformando la forma en que se desarrollan las variedades adaptadas a las necesidades de cada región y mercado.
Para ANPROS, la combinación entre estas innovaciones y la experiencia acumulada por la industria semillera chilena abre una oportunidad para que el país deje de ser reconocido únicamente como un multiplicador de semillas y avance hacia un rol de mayor protagonismo como generador de conocimiento, genética e innovación para la agricultura del hemisferio sur.
Si esa estrategia logra consolidarse, Chile no solo fortalecerá su posición en el comercio internacional de semillas, sino que también podría convertirse en un actor clave en el desarrollo de tecnologías capaces de mejorar la productividad agrícola, responder a los efectos del cambio climático y contribuir a una producción de alimentos más eficiente y sostenible.
El director ejecutivo de ANPROS recibió la Membresía Honoraria Vitalicia de la International Seed Federation y en esta entrevista el líder gremial analiza el rol estratégico de Chile en la producción de semillas y los desafíos de la innovación genética.
En la agricultura, pocas cosas son tan pequeñas y, al mismo tiempo, tan decisivas como una semilla. En ella se inicia la productividad de los campos, la innovación genética, la adaptación al cambio climático y buena parte de las respuestas que hoy busca el mundo frente a los desafíos de seguridad alimentaria, sostenibilidad y eficiencia productiva.
Chile ha logrado ocupar un lugar relevante en esa conversación global. Su condición de contraestación, su sanidad vegetal, sus capacidades técnicas y una industria altamente especializada han permitido que el país sea reconocido como un actor estratégico en la producción y exportación de semillas para mercados internacionales. Detrás de ese posicionamiento hay décadas de trabajo público-privado, desarrollo tecnológico, agricultores, empresas, profesionales y una institucionalidad que ha sabido construir confianza.
Uno de los rostros más relevantes de ese proceso es Mario Schindler Maggi, director ejecutivo de la Asociación Nacional de Productores de Semillas de Chile, ANPROS, quien por más de dos décadas ha estado vinculado al fortalecimiento del sector semillero nacional y a su proyección en los principales espacios internacionales de la industria.
Su trayectoria este año acaba de alcanzar un hito histórico: fue distinguido con la Membresía Honoraria Vitalicia de la International Seed Federation, una de las máximas distinciones del sector semillero mundial y un reconocimiento reservado para líderes que han realizado contribuciones excepcionales a esta actividad.
La distinción no solo destaca una carrera personal. También pone en valor el camino recorrido por Chile como país proveedor confiable de semillas, con estándares de calidad, trazabilidad, innovación y cumplimiento fitosanitario que hoy son observados desde distintas regiones del mundo.
En un escenario donde la agricultura enfrenta estrés hídrico, nuevas exigencias ambientales, avances acelerados en biotecnología y la necesidad de producir más con menos, la semilla vuelve a ubicarse en el centro de las soluciones.
En esta entrevista con Diario Frutícola, Mario Schindler analiza el significado de este reconocimiento para Chile, las fortalezas que han consolidado al país como referente semillero, los desafíos regulatorios y tecnológicos que enfrenta la industria, y el rol que tendrán las nuevas generaciones en el futuro de una agricultura más productiva, resiliente y sostenible.
Mario Schindler recibiste la Membresía Honoraria Vitalicia de la International Seed Federation, un reconocimiento que solo han obtenido 20 personas en el mundo desde 1996. ¿Qué significa este hito para Chile y cómo refleja el posicionamiento que ha alcanzado la industria semillera chilena a nivel internacional?
Para mí, este reconocimiento tiene un significado muy profundo y lo recibo con mucha gratitud y humildad. Si bien es una distinción personal que valoro enormemente, la entiendo también como un reconocimiento al trabajo que Chile y ANPROS han desarrollado durante muchos años en la industria semillera internacional.
Chile ha construido una reputación seria y consistente. Nuestro país es reconocido por su calidad, su rigurosidad técnica, su condición de contraestación, su sanidad vegetal, su institucionalidad y la capacidad de responder a mercados altamente exigentes. Nada de eso se logra de un día para otro; es el resultado de décadas de trabajo de empresas, agricultores, profesionales, autoridades y equipos técnicos que han entendido que la semilla es una actividad estratégica para la agricultura.
Por eso, este hito habla del lugar que Chile ha alcanzado en la conversación global de semillas. Hoy somos un país escuchado, respetado y valorado en temas como comercio internacional, fitosanidad, innovación, regulación, propiedad intelectual y seguridad alimentaria. Ese posicionamiento es un activo que debemos cuidar y seguir fortaleciendo.
Chile se ha consolidado como un actor estratégico en la producción y exportación de semillas contraestación para mercados globales. Desde su experiencia, ¿cuáles han sido las principales fortalezas que han permitido al país transformarse en un referente mundial en esta industria?
Chile tiene una combinación de condiciones muy valiosa para la producción de semillas. Contamos con una ubicación geográfica privilegiada para producir en contraestación, condiciones agroclimáticas favorables, buenos suelos, disponibilidad de zonas productivas diversas y una condición sanitaria que ha sido clave para abastecer mercados exigentes.
Pero más allá de las condiciones naturales, la gran fortaleza ha sido la capacidad técnica y humana de la industria. La producción de semillas requiere precisión, cumplimiento, trazabilidad, conocimiento agronómico y mucha coordinación. En Chile se ha desarrollado una cadena altamente especializada, con empresas, agricultores, técnicos, profesionales y trabajadores que entienden la exigencia de producir semillas de calidad para mercados internacionales.
También ha sido fundamental el trabajo público-privado, especialmente con el SAG, en materias fitosanitarias, regulatorias y de comercio exterior. Esa coordinación ha permitido dar respuesta a los requerimientos de los distintos mercados y sostener la confianza internacional en Chile como proveedor serio y confiable.
Chile tiene que seguir haciendo bien lo que lo ha hecho confiable: producir semillas de calidad, cumplir a la perfección con los requisitos de los mercados y responder a tiempo.
¿Qué desafíos y oportunidades visualiza hoy para el sector frente a las nuevas exigencias productivas y ambientales que enfrenta la agricultura mundial?
La semilla es la base de la agricultura. De ella depende, en gran medida, la posibilidad de producir alimentos, mejorar los rendimientos y enfrentar condiciones cada vez más complejas, como el cambio climático o la escasez hídrica. Por eso, cuando hablamos de seguridad alimentaria, necesariamente tenemos que partir hablando de semillas.
Hoy el mundo enfrenta desafíos enormes: cambio climático, estrés hídrico, nuevas plagas y enfermedades, mayores exigencias ambientales, necesidad de producir más con menos y una demanda creciente por alimentos de calidad. En ese escenario, la industria semillera tiene una oportunidad muy importante, porque la innovación genética permite desarrollar variedades más resilientes, eficientes y adaptadas a distintas condiciones productivas.
Pero para aprovechar esa oportunidad necesitamos marcos regulatorios modernos, claros y basados en ciencia. La innovación avanza muy rápido, y los países que logren acompañar ese avance con reglas claras, protección adecuada a la propiedad intelectual vegetal, sistemas fitosanitarios eficientes y una mirada estratégica sobre la investigación y el desarrollo, van a estar mejor preparados para responder a los desafíos de la agricultura mundial.
En un contexto donde la innovación y la biotecnología avanzan rápidamente, ¿qué rol cumple la colaboración entre asociaciones internacionales, empresas y centros de investigación para acelerar el desarrollo de semillas más resilientes y sostenibles?
La colaboración es fundamental. Ningún país, empresa o institución puede enfrentar por sí solo los desafíos que hoy tiene la agricultura. La innovación en semillas requiere ciencia, inversión, experiencia productiva, regulación adecuada y conexión internacional.
Las asociaciones internacionales cumplen un rol muy importante porque permiten reunir a la industria, compartir información técnica, anticipar tendencias, abordar barreras regulatorias y generar criterios comunes en temas como fitosanidad, comercio, propiedad intelectual, nuevas técnicas de mejoramiento y sustentabilidad.
En ese sentido, ANPROS ha mantenido una participación activa en distintos espacios internacionales. Formamos parte de la International Seed Federation, pero también de la Seed Association of the Americas, SAA; de APSA, la Asia and Pacific Seed Association; de Euroseeds; y de ASTA, la American Seed Trade Association. Además, participamos en diversos grupos de trabajo internacionales donde se abordan temas técnicos y estratégicos para el desarrollo de la industria semillera.
Esa presencia no es solo institucional. Es una forma concreta de estar en las conversaciones relevantes, anticipar cambios, conocer experiencias de otros países y aportar desde la experiencia chilena. Las empresas aportan investigación, tecnología y conocimiento aplicado; los centros de investigación generan evidencia científica y desarrollo; y las asociaciones gremiales contribuimos articulando, representando y creando puentes entre el sector privado, la autoridad y los espacios internacionales.
En el caso de Chile, esta conexión es especialmente importante. Tenemos capacidades productivas, experiencia exportadora y condiciones para seguir posicionándonos como una plataforma de investigación, desarrollo e innovación en semillas. Para eso, la colaboración público-privada y la vinculación internacional seguirán siendo claves.
Durante años, ANPROS ha impulsado el fortalecimiento del sector semillero chileno. ¿Qué avances destacaría en materia de calidad, trazabilidad e innovación, y qué áreas aún requieren mayor desarrollo para mantener la competitividad del país?
La industria semillera chilena ha avanzado mucho en profesionalización, estándares de calidad, trazabilidad, cumplimiento fitosanitario, incorporación de tecnología especializada y capacidad de responder a mercados cada vez más exigentes. Hoy existe una cadena productiva mucho más especializada, con procesos técnicos rigurosos, herramientas tecnológicas aplicadas a la producción y una conciencia clara de que la confianza internacional se construye cumpliendo bien, permanentemente y en cada temporada.
También destacaría el trabajo que se ha realizado en vigilancia fitosanitaria, actualización normativa, articulación con el SAG y participación en espacios internacionales. Para una industria que depende del movimiento internacional de semillas, contar con sistemas confiables, coordinados y oportunos es fundamental.
En innovación, Chile ha construido una base importante, especialmente por su experiencia en investigación, multiplicación de semillas, producción contraestación y desarrollo técnico en distintas regiones del país. A eso se suma la innovación propia de la semilla, con variedades cada vez más adaptadas a nuevas condiciones productivas y climáticas, junto con avances en I+D, agricultura de precisión y herramientas digitales, incluida la IA, para una mejor toma de decisiones productivas.
Sin embargo, todavía hay áreas donde debemos avanzar con mayor fuerza. Necesitamos seguir modernizando la regulación, fortalecer la protección de la propiedad intelectual vegetal, facilitar el acceso a nuevas variedades, promover el uso de nuevas tecnologías y dar mayor impulso al fitomejoramiento nacional. Si queremos que Chile mantenga su competitividad, no basta con producir bien; también debemos generar condiciones para que la innovación llegue, se desarrolle y pueda expresarse en nuevas soluciones para la agricultura.
El mundo semillero se mueve rápido. Por eso, junto con cuidar lo que nos ha hecho confiables —calidad, sanidad, cumplimiento y trazabilidad—, debemos avanzar en digitalización, certeza regulatoria, innovación y formación de capacidades. Esa combinación es la que permitirá que Chile siga siendo un actor relevante en la industria semillera internacional.
¿Qué mensaje le gustaría transmitir a las nuevas generaciones de profesionales y empresas que hoy buscan aportar al futuro de la agricultura desde la genética y las semillas?
Les diría que esta es una industria con mucho futuro y con un propósito muy concreto. Trabajar en semillas es trabajar en la base de la agricultura, en la seguridad alimentaria, en la innovación y en la capacidad de producir más y mejor frente a condiciones cada vez más desafiantes.
También les diría que esta industria exige conocimiento, responsabilidad y compromiso. La semilla parece pequeña, pero detrás de ella hay ciencia, tecnología, trabajo en terreno, agricultores, investigación, regulación, comercio internacional y una enorme cadena humana.
Chile ha logrado construir un espacio importante en la industria semillera mundial, pero ese posicionamiento no está asegurado para siempre. Hay que cuidarlo, renovarlo y proyectarlo. Las nuevas generaciones tienen un rol clave en ese camino: aportar nuevas ideas, incorporar tecnología, fortalecer la sostenibilidad y mantener la seriedad que ha hecho confiable a Chile.
El futuro de la agricultura va a depender en gran medida de la innovación en semillas. Por eso, quienes hoy se incorporan a este sector tienen una oportunidad muy valiosa: contribuir desde la genética y las semillas a una agricultura más productiva, resiliente y sostenible para Chile y para el mundo.
Por: Cindy Hicks, Comunicaciones III,
Centro de Ciencias de las Semillas de la Universidad Estatal de Iowa
Todo producto de semillas exitoso comienza mucho antes de llegar a la línea de acondicionamiento, al laboratorio de pruebas o a la sembradora del agricultor. Comienza con un obtentor que se hace una pregunta crucial: ¿Qué necesitarán los agricultores a continuación?
Para los profesionales del sector de las semillas, el éxito depende de anticiparse a la evolución de las enfermedades, la variabilidad climática, las expectativas de sostenibilidad y las demandas del mercado. El Centro Baker contribuye a ello mediante el desarrollo de las tecnologías genéticas y de mejoramiento que dan forma a los productos de semillas comerciales del futuro.
Fundado en 1999 y nombrado en honor a Raymond F. Baker, pionero en el mejoramiento genético del maíz Pioneer Hi-Bred, el Centro se construyó sobre una filosofía en la que la industria de semillas todavía confía hoy en día: combinar la ciencia rigurosa con el desarrollo práctico de cultivares.
Hoy en día, esa misión se ha convertido en un motor de innovación altamente interdisciplinario. Los investigadores integran genómica, inteligencia artificial, aprendizaje automático, mejora genética predictiva y sistemas avanzados de fenotipado para acelerar el progreso genético y obtener cultivos de mejor rendimiento con mayor rapidez.
¿Por qué te importa eso?
Porque cada mejora en la precisión de la cría ayuda a acortar el camino entre el descubrimiento y la comercialización, lo que permite a su empresa lanzar al mercado productos más sólidos con mayor confianza.
El trabajo del Centro ya está teniendo un impacto en el desarrollo de semillas en el mundo real. Los investigadores han lanzado variedades de soja con características mejoradas de rendimiento y calidad, han desarrollado líneas parentales de sorgo capaces de producir una biomasa excepcional en climas del norte y han avanzado en tecnologías de haploides duplicados que reducen drásticamente los tiempos de mejoramiento genético del maíz.
Igualmente importante, el Centro Baker y el Centro de Ciencia de Semillas de la Universidad Estatal de Iowa conforman un ecosistema integral para la innovación en semillas. El Centro Baker se enfoca en el mejoramiento genético y el desarrollo de cultivares, mientras que el Centro de Ciencia de Semillas impulsa los sistemas de calidad, análisis, tratamiento, acondicionamiento, almacenamiento y distribución de semillas.
Esa conexión es importante porque la innovación no se limita al descubrimiento de una característica superior. Un avance solo se vuelve valioso cuando funciona de manera confiable en el cultivo, en el campo y, en última instancia, para el agricultor.
La industria de las semillas también se enfrenta a otro desafío: formar a la próxima generación de profesionales capaces de desenvolverse en sistemas de mejoramiento genético cada vez más basados en datos. El profesorado del Centro Baker capacita a casi todos los estudiantes de posgrado que se especializan en mejoramiento genético vegetal en la Universidad Estatal de Iowa y fue pionero en uno de los primeros programas de maestría a distancia en mejoramiento genético vegetal del país para profesionales en activo que ya trabajan en la industria de las semillas.
Para las empresas de semillas, esto significa acceso no solo a la innovación, sino también al talento.
El futuro del mejoramiento vegetal dependerá de una mayor colaboración entre las instituciones públicas de investigación y la industria de semillas. Mediante la colaboración temprana en el proceso de investigación, a través de la evaluación del germoplasma, los sistemas de mejoramiento basados en IA, el análisis predictivo y el intercambio de datos, las empresas de semillas pueden contribuir a acelerar la distribución de variedades resistentes y de alto rendimiento a los agricultores de todo el mundo.
El próximo producto revolucionario en el sector de las semillas puede surgir de una parcela de investigación, una imagen capturada con un dron o un modelo de mejoramiento genético asistido por IA, pero su impacto se medirá en última instancia por el éxito que se logre con los agricultores.